Manifiesto de CircoRed en el Día Mundial del Circo 2022

Hoy celebramos el día Internacional del Circo. Y sin duda, hay que celebrar que, contra viento y pandemia, una vez más y siempre, en un ejercicio permanente de resiliencia, las artes circenses siguen adelante.

Yo comencé mi andadura como payasa profesional en un circo pequeño, familiar, en Bélgica. Aprendí tanto… No sólo de las artes de la pista, también y ante todo sobre la vida. Bajo la carpa, me descubrí nómada, encontré por fin mi lugar en el mundo, ese espacio donde el público reía y aplaudía admirando las proezas de los y las artistas. Malabaristas, acróbatas, equilibristas…toda esta gente increíble hacía parecer fácil lo imposible. Su credo era la perseverancia, el afán de superación, la atención plena…El espectáculo se convertía en una liturgia. Música, magia, misterio, riesgo, una belleza que daba vértigo, prodigios que hacían contener la respiración y suspirar de alivio o de admiración.

Muchos años más tarde tuve el privilegio de trabajar en un circo tan gigantesco como prestigioso. Allí coincidimos 200 personas de 34 culturas diferentes. Además de 70 artistas estaban 130 personas que llevaban los aspectos técnicos, las regidurías. Esta gente, a menudo olvidada, son también circo, aunque no aparezcan bajo los focos ni reciban los aplausos. Desde aquí mi profunda gratitud y mi cariño por su trabajo. Gran parte del casting era gente joven proveniente de la élite deportiva. Cuerpos divinos: fuertes, ágiles, resistentes, precisos. El circo les formó y reorientó sus capacidades a la dimensión artística. Vivieron una buena crisis. Con una formación implacable para la competitividad incluso con las personas de su propio equipo se juntaron con quienes proveníamos de la cultura del circo y de las artes escénicas, que promovía la cooperación y el cuidado mutuo y donde la competencia era únicamente la de cada quien consigo mismo. La habilidad, la disciplina, el esfuerzo eran importantes, pero el objetivo era distinto: no buscábamos una medalla sino emocionar al público. Un momento de intensa poesía, de comunicación significativa. De una cultura que no permitía el error y que les había entrenado a jugárselo todo en una única competición, habían llegado a un lugar donde podían fallar e intentarlo de nuevo en medio de los aplausos del público. Podían no conseguir un objetivo ese día, pero luego o al día siguiente había otro nuevo pase y el mundo seguía girando. Una cultura, la del circo, que cuidaba a su gente, que no presionaba para que fueran más allá de sus límites y se lesionaran. Porque no eran los juegos Olímpicos y al día siguiente y al siguiente habría funciones también.

El circo en mi experiencia como payasa, como espectadora y como formadora de código clown, representa una de las metáforas que más aprecio del mundo y de la vida. Allí cabe la gente estéticamente divergente. Como en la gran familia humana hay personas de todas las etnias, de todas las culturas, de todas las ideologías y la convivencia no es sólo posible, es un destino. El mundo camina imparable hacia el mestizaje y el circo lleva siglos encarnando que la diversidad es un valor, no sólo un concepto políticamente correcto en las agendas políticas. En las artes de la pista caben todos los cuerpos, todas las apariencias. Es un modelo para abandonar prejuicios y estereotipos. Se rescata la belleza de lo grotesco tanto como la sensualidad de los cuerpos habitados por la poesía, por el humor, por la vulnerabilidad, por esas capacidades sobrehumanas debidas a un entrenamiento incesante. La carpa es además un asilo permanente para la gente nómada, la gente refugiada poética y política. Porque la verdadera pandemia, la pandemia permanente no es otra que la práctica humana recurrente de la segregación, la discriminación y la exclusión social.

Esta experiencia me ayudó también a comprender mi propia vulnerabilidad. Somos vulnerables. Todo lo vivo lo es. Con la(s) guerra(s) que no cesan, es urgente comprender que, en un mundo globalizado, no podremos librarnos de las consecuencias de las desgracias que creemos ajenas por lo lejanas. El circo es un recordatorio permanente de que todo lo humano nos concierne. Y una ocasión para recuperar nuestra capacidad de asombro. Práctica artística en rebeldía, a lo largo del tiempo, la pista ha tenido que competir cada vez más duro con las pantallas que acercan las maravillas de cualquier rincón del planeta. Recibimos tanta información, que cada vez nos sorprendemos menos. Las nuevas generaciones son exiliadas de la infancia cada vez más temprano. Por eso el circo es más necesario que nunca, porque – tal y como nos lo ha demostrado la pandemia con creces – no hay nada que pueda competir con lo que se realiza en vivo y en directo, con las risas y emociones compartidas.

Tengo edad suficiente como para que me consideren una especie de bio archivo de la “memoria histórica”. A lo largo de 35 años he podido contemplar la evolución del circo, sus estrategias para sobrevivir y para adaptarse. He asistido a las polémicas sobre los animales en los espectáculos de pista, a los magníficos mestizajes donde la carpa ha dejado entrar la danza, el teatro, el canto, la natación sincronizada, entre otros géneros artísticos y prácticas deportivas con resultados espectaculares. También he visto disciplinas y números circenses saliendo de la carpa y llenando las calles, los teatros, los cabarets, los Congresos y ofreciéndose en campos de refugiados, en intervenciones sociales, llevando la esperanza a lugares en entornos particularmente hostiles. He disfrutado en la pista, con mucha alegría y orgullo, de cada vez más mujeres y más talentosas, en roles históricamente ocupados casi exclusivamente por hombres. Aunque sin duda, la mayor apuesta para resistir ha sido y sigue siendo siempre la búsqueda de la excelencia, ese permanente “más difícil todavía”, la exploración creativa de nuevos materiales, de prácticas adaptadas originales, nunca vistas o nunca vistas así.

Y aquí estamos. Seguimos en este ejercicio de resistencia poética. Compañeras, compañeros, esto a lo que nos dedicamos es más necesario que nunca. La tribu precisa del circo, no para regresar a la normalidad, una normalidad insolidaria, anestesiada y acrítica, sino para todo lo contrario. Nos necesita como fuente de inspiración, para aprender a fluir en la incertidumbre, a caer y a volverse a levantar, para recuperar la capacidad de sorpresa y llenarse de esperanza, para promover la diversidad y el cuidado mutuo. No nos rindamos ahora. La vida es como el circo, pongamos más circo en la vida.

Virginia Imaz Quijera.

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